“Sobre el teatro universitario y otro fantasmas”

El teatro Universitario, según dicen, es el comienzo del teatro mismo. Ahora bien, este problema puede ser enfocado desde otro ángulo. ¿No será, quizá, el Teatro Universitario una pasarela que refleje lo que está ocurriendo fuera? Déjenme poner un ejemplo: si una cierta parte del teatro nacional sigue acusando las deudas contraídas con la escena rancia pre-transición o con las viejas fórmulas históricas de la celebración como estrategia para llegar a encontrar un hueco en el circuito (esto es: Aniversario Miguel Mihura, Aniversario del Tenorio, Aniversario de Cervantes), el propio teatro universitario no deja de ser una excepción, sino antes bien, un alarmante ejemplo. Una segunda opción, también doliente, es la de la falsa humildad de los grupos que, endeudados con el lenguaje cinematográfico o con la parquedad de medios, justifican la pobreza de sus propuestas bajo un lenguaje kitsch como de expresión colegial. Así, no es extraño encontrarse escenarios pintados a mano, trajes de época con cortinas robadas de casa, ese cutrerío de sesión fin de curso en el que, según dice, el fin justifica los medios. Claro, pero, ¿qué fin?

El teatro Universitario no deja de ser una excusa para que las sanas hormonas de sus participantes se canalicen de manera primaveral y desbocada en los reservados de los bares tras la noche del estreno, o para que el meritorio de turno se saque la plaza de profesor mareando la perdiz, o para que un dramaturgo/director aficionado lance sobre las tablas lo que previamente ha mamado en la gran pantalla. También puede ser opción para que los niños bailen y canten tras las clases de Bolonia, para que los vicerrectores de turno se hagan la foto, para llenar el currículum de los aspirantes con puestos de actuación, de producción, de figuración, de lo que toque. Luego, cuando las promociones se gradúan, año tras año, recuerdan con nostálgico orgullo la gran empresa que supuso montar un mal Shakespeare, o un peor Strindberg, o el musical de moda. Ya nos explicó Freud que no hay nada que llene de más orgullo al niño que compartir sus heces, recién expulsadas, con sus familiares más cercanos.

Mi sorpresa (y el motor nada oculto de este texto) fue contemplar, en un certamen de reciente realización, cómo todo el mundo se vanagloriaba del gran nivel alcanzado por los chicos, cómo se hablaba de un “teatro distinto”, de un “teatro alternativo” que, por supuesto, sólo era apoyado por el brillante Ayuntamiento de turno, por la valiente dirección de la movida, por el excelso y bendito jurado de la cosa que, decretazo mediante, había reunido una serie de cráneos pervilegiados (Valle dixit) al calor de lo de siempre: la Celebración, la Pandereta, el teatro lleno de personajes llamados “CAMPESINO #01” y “SOLDADO #03” y demás calaña. Tanta tristeza escénica. Tanto cansancio escénico. A lo que no quiero decir sino lo que ya está dicho: que el mundo del teatro de calidad sobrevive mal porque depende del calor de la administración pública y las subvenciones alegremente donadas a primos, cuñados y sobrinos de la concejalía de turno. Los Centros Culturales cierran sus puertas a propuestas de vanguardia (“esas obras raras que hacéis los jovenes”, me dijeron cierta vez que se había dicho desde una rubia oxigenada modelo Calle Génova hacia unos perroflautas que querían imitar a La Fura, o así), de tal manera que lo que sigue excitando al personal es ver a los ancianos del barrio montando a Arniches, y que siga el cachondeo y la juerga flamenca. Las heces de Freud.

A lo que me han pedido un artículo que hablara sobre la situación del Teatro Universitario. Yo, particularmente, he visto demasiadas obras “amateurs” y muy pocas obras “universitarias”, porque generalmente se nos olvida que la palabra “universidad” viene de “Universo” (también nos lo recordó Freud), y para generar un Universo sobre las tablas hace falta ser capaz de liberarse de las cadenas de lo políticamente correcto, de lo que está de moda, de ese “querer quedar bien con el vicerrector” que tanto practican algunas Universidades españolas a golpe de celebración y homenaje de la celebridad cultural o histórica de turno (para que se note que estamos a la moda) o mediante el berrinche revolucionario del teatro marxista practicado por niños con problemas de dicción y camisas Ralph Lauren. Qué pena, oh Zeús, de versiones clásicas de grupos de pueblo que se piensan que están montando a Sófocles. Qué pena haber visto tan poco teatro y arrastrar un analfabetismo escénico. Que lástima de futuros espectadores de teatro que tendrán que sufrir, otra vez, lo mismo de siempre. Sesión tras sesión.

Por Aaron Rodríguez Serranoshapeimage_2-1

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