En algún lugar del tiempo y del mundo, fuí amor y vida.
Un canto al amor
Son las dos y treintados de la mañana. No tengo sueño. Algo me ha cogido. Pienso. Siento. Recuerdo. Me pregunto ¿qué ha pasado conmigo? ¿De qué está hecha una vida, si existe tal cosa?.
Dicen que la nostalgia es la presencia de lo ausente. Y tanto que lo es. Aún recuerdo con cariño y ternura esos primeros días donde todo lo que era, era la vida misma. ¿Qué pasó después?.
No lo sé. Siempre he tenido la afición de tratar de poner palabras a lo desconocido. Donde no tenía tan claro quién era yo. Donde no tenía claro nada y todo era.
No me siento en el presente porque viajo al pasado, y sin embargo el sentimiento de lo que escribo brota aquí y ahora. Extrañas paradojas. Viajo a los diez años, tal vez siete. Era la primera vez que me iba de campamento. Siempre estaré agradecido a mi madre y a mi padre por haberme empujado a ir a aquellos campamentos, donde, repito, no tenía claro quien era yo, y sin embargo todo era. Recuerdo que dormía con mis amigos y amigas en una tienda canadiense azul. Entonces éramos como los indios . Pero no lo sabía. Por la noche salíamos de la tienda con el saco y nos tumbábamos todos juntos a ver las estrellas. Entonces sólo se trataba de vivir, no de sobrevivir. Aún tengo presente el olor a hierba fresca del rocío de la mañana bailando con el frío de las primeras horas al salir del saco. Los labios cortados por estar todo el día al sol. El olor a campo y a vacas. Había muchas y cuando alguien se dejaba alguna bolsa de patatas abierta nos despertábamos con su presencia, su mirada húmeda y sus enormes lenguas. Teníamos un poto. A las nueve, más o menos, nos levantábamos , íbamos a desayunar entre mesas de hojalata y canciones. Pasábamos el día juntos y juntas, caminábamos, hacíamos juegos y cantábamos. Hacíamos rutas también dónde nos ayudábamos sin preguntarnos por qué o para qué . Y las noches eran pura magia. Aún recuerdo el fuego. Nos sentábamos al rededor de él. Como si fuera algo sagrado, sencillo y cálido. Y realmente lo era. Es una sensación extraña. Recuerdo sentirme en paz y protegido. Mirábamos el fuego. Nos acompañábamos y nos queríamos. Como si de un embrujo se tratase, me quedaba absorto en ese fuego, en compañía del grupo. Por aquel entonces todos éramos todo. ¿Cómo explicarlo? . Amor es la palabra, por aquel entonces el amor era algo desconocido y un misterio, y como tal, lo sentía como algo incondicional, amplio e inabarcable. Era obvio y evidente y no necesitaba definirlo o atraparlo. Algo así como el abrazo de una madre, o la sonrisa cómplice de un padre mientras te hacía cosquillas y jugaba en el suelo a ser el león fuerte que siempre se dejaba ganar por el cachorro juguetón . Entonces, recuerdo que descansaba felizmente en su gran cuerpo de león cariñoso. Me gustaba oír los sonidos de su estómago mientras él retozaba en el suelo y se hacía el vencido. Grande, mullido y cálido. Confieso que hoy a los treinta años, cuando les voy a visitar y veo al león, algo más viejo y cansado, me dejo recostar en el sofá y le sigo abrazando, y a veces, como si tratara de recuperar algo, pongo mi oreja en su estómago. Y simplemente, escucho a mi padre por dentro.
La sensación de vivir sin miedo, la sensación y la experiencia del gozo de vivir por simplemente estar vivo. ¿Dónde quedó eso?. Siempre he sido el experimentador y el que a la vez, ve lo que está experimentando. Más tarde descubrí que entre el experimentador y el que observa lo que experimenta
había un espacio vacío, un espacio que necesitaba ser narrado. Como si de alguna manera algo dentro nuestro necesitara hilar el tapiz de nuestra propia vida. Si existe tal cosa. Yo pongo la tela y veo los colores de la tela y también me doy cuenta de que algo hace la función de hilar y tejer ese tapiz. ¿Cómo nació el narrador que llevo dentro? Nació del dolor y del miedo.
Recuerdo la vida de la infancia como un sueño íntimo. No sentía que yo era mi cuerpo. Sentía mi cuerpo cuando algo me dolía o estaba enfermo . Pero por aquel entonces yo me sentía fuera, como si de alguna manera fuera la propia película y el narrador aún no se hubiera manifestado. Como si de alguna manera fuera la propia vida sin necesidad de contármela. Algo parecido a cuando por curiosidad a los pocos años de edad tenía el impulso de ver los videos de mi nacimiento. Eso me impactaba. Una pregunta íntima empezó a angustiarme. ¿Qué soy? ¿Quién soy? Me preguntaba mientras me daba cuenta de que yo me estaba existiendo a mi mismo, de que el mero hecho de preguntarme me remitía directamente a alguien que se estaba preguntando por su existencia. Pero, ¿Quién o qué era este "alguien"? ¿Quién lanzaba la pregunta a ese vacío? ¿Cómo contestarla? .
Creo que en algún momento de nuestra vida, nos atrapa algo. Echo de menos aquellos ecos. Aquel sentir la vida . Aquel diluirme en la vida. Como si no lo estuviera ya. Y claro, algo se perdió. El narrador empezó a tomar el papel protagonista. Empecé a dejar de ser lo que veía y experimentaba para empezar a ser el que hilaba el cuento, el cuento de su propia vida. Entonces el amor incondicional e inabarcable empezó a ser condicional y definido y tomó su propia forma en mí, siendo simplemente un narrador de mi propia vida, controlándola y definiéndola en base a un punto de vista, en base al dolor y al placer, al reconocimiento y la pertenencia. En base al miedo. Mi propia vida.
Creo que tendemos a confundir el crecimiento con la muerte. La evolución, con la enfermedad y siento que esto, ya, no tiene arreglo. Nos creemos que mientras más sufrimiento acumulamos somos más maduros y adultos y pensamos que eso es crecer. Nos han enseñado a ser independientes, productivos y autónomos. O en otras palabras, a ser fríos, competitivos y solitarios. Vivimos en un mundo donde decidimos erigirnos narradores omnipotentes de nuestra propia vida y no nos damos cuenta de que sólo existe una vida y la compartimos. Tenemos nuestro propio fantasma pegado a los huesos. Se dice que crecer es renunciar, sentar la cabeza y madurar. Pero siendo sinceros. ¿Quién es capaz de renunciar a su historia y dejar de ser narrador para simple y llanamente vivir?.
Adultos encerrados en almas de niños que sabían lo que era el amor porque no lo entendían, ni lo definían, ni trataban de atraparlo. Simplemente amaban porque el acto de amar ni siquiera era un acto, era su propia y genuina naturaleza. Vivimos con miedo a los demás. Sobrevivimos en una sociedad que abandera el grito a la globalidad, la tolerancia y la diversidad en cazas de brujas a lo diferente y extraño. Vivimos perseguidos y asustados. La selvas están destruyéndose y las fieras encerradas. Y nosotros seguimos relacionándonos desde un narrador esquizofrénico y salvaje que descuartiza la vida y su diversidad en aras de un yo que toma las heridas como identidad.
Echo de menos sentarme junto al fuego. Echo de menos mi libertad que es la tuya y que no es de nadie. Echo de menos las mañanas bañadas en rocío donde uno simplemente vivía y no importaba quien era quién, importa lo único que existe, la propia vida vivida donde no es mi vida ni la tuya sino la vida en toda su inmensidad, bella, indómita e inabarcable. ¿Qué nos ha pasado?.
Algún día nos encontraremos,
y será una gran fiesta,
porque seremos la celebración misma,
y no importarán las penurias,
las mentiras y los dolores tan
largamente soportados.
Algún día, partiremos juntos
a la hoguera de nuestros corazones
donde todo se quema porque todo
arde.
Y el hielo de nuestros corazones será un mal
sueño.
Nos quemaremos juntos en la gran inmensidad
y nuestros corazones desiertos y olvidados
reverdecerán ávidos de luz como una
flor de romero buscando el sol.
Y el alma estallará como un pájaro de fuego
Y el corazón desaparecerá en cada caricia y abrazo.
No habrá sollozos ni dolores porque seremos
lágrima, dolor y arañazo.
Y mi mano será la tuya, y mis ojos
los del cielo, que vendrán en un caballo
ciego de amor bailando entre nubes.
Para traernos la paz.
Despertaremos en un desierto ebrios
con el corazón ardiendo y la alegría de quién
por fin encontró en mitad del infierno un asidero
a un cielo que siempre estuvo dentro
pero que no pudimos tocar.
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