Notas desde la cárcel...
Hace algún tiempo, dando bandazos tuve la suerte de encontrarme en mi camino a Aldara, a Ana, a Elena, a Jorge, a Higinio, a Xirou. Y otros más que se me olvidan seguro. El capataz y perro viejo del grupo es Miguel. Alguien que con el corazón en la mano, tiene el gusto, la temeridad, la compasión y la pericia suficiente como para meterse en la cárcel y darse completamente al trabajo creativo con los internos. Esta panda de locos desde hace ya años se dedican cada uno a su manera, estilo y forma, a llevar y acercar el fuego del Teatro y su poder transformador a lugares de sombra, desesperación y miseria. Desde hace algún tiempo vengo colaborando con ellos y ayudando en lo que puedo con mi propia manera de arrojar mi parte de leña a la hoguera de la comprensión, conciencia y creatividad en el trabajo con los internos.
Hacía tiempo que no iba y ayer volví, y hoy siento que es hora de mirar atrás y hacer un repaso. Quizá por eso. Porque hace mucho tiempo que no iba a colaborar y de alguna manera, el salir del ámbito carcelario durante un tiempo y el volver a entrar me ha llevado a un lugar donde parar y mirar con más distancia estas experiencias, estas miradas heridas y este trabajo. No encuentro las palabras suficientes para describir lo que se siente cuando estás ahí metido. Entre ellos. Esas expresiones de animales heridos, esas sensibilidades a flor de piel. Esa contundencia a la hora de hablar de lo esencial, de expresar lo incómodo, lo doloroso. Esa desesperanza y desesperación también. Son muchas las experiencias, las sensaciones, el aprendizaje. Los oídos se afinan hacia realidades muy diferentes a las que yo he podido vivir. Algunos comparten sus penas, sus delitos, sus cargas. Otros se las guardan . Pero si hay algo en común es el hecho de poder observar como tratan de seguir hacia adelante, cuando seguir hacia adelante tiene que ver con ver y ser cada vez más conscientes de su realidad. En algunas ocasiones desgarradora, en otras con algo más de luz. Tuve la inmensa suerte de poder ver en vivo y en directo como uno de ellos salía en libertad. Esa mirada, era diferente. Llena de temor, ilusión y ansiedad, como preguntando al futuro incierto ¿y ahora qué? ¿qué hago después de pagar mi condena? ¿Seré capaz de vivir ?.
Es muy duro ver como es común que internos que ha salido en libertad, lamentablemente vuelven a entrar en prisión por reincidir. Alguien que lleva 20 o 30 años entre rejas se ha habituado demasiado a ese tipo de vida para poder sobrevivir y adaptarse. Muchos de ellos fuera no tienen apenas familia y si la tienen, están muy lejos. Entonces que hacer. Necesitan amarse para sobrevivir. Y a veces los únicos amigos que han podido cuidar son los que han compartido con ellos esos años de estar entre rejas. Es común ver como personas que han estado años cumpliendo condena salen libres y luego vuelven a prisión por alguna idiotez . Como si de alguna manera no quisieran o no pudieran hacer frente a lo que les espera fuera. Imagino que no tiene que ser nada fácil. Es otra fase que hay que cuidar. ¿Como atravesar también el dolor de perder a tus compañeros y amigos, de perder lo que ha sido tu vida durante 30 años ? ¿Cómo caer de pie en la propia vida, por fin, después de tanto tiempo a la sombra? También hay casos de personas que si que lo consiguen, salen, fortalecidos de haber vivido en los infiernos durante años y caminan en sus propios pies hacia la esperanza y el crecimiento. Hay asociaciones que cuidan de este delicado paso y facilitan este tránsito, esta "vuelta al mundo".
Las cárceles son lugares sombríos, y es a través de las sombras donde a veces y con suerte se cuelan los destellos de luz, y yo he tenido y tengo la fortuna de ver de vez en vez como el trabajo creativo con ellos, les ayuda en su día a día a sentirse, a expresarse y a vivir algo más conscientes y reales. Y según algunos de ellos comentan, con algo más de confianza y conexión con ellos mismos frente a las situaciones cotidianas. A veces me conmueve ver o sentir cuando cantamos todos una canción y los límites y etiquetas por un segundo desaparecen, y entonces puedo sentir ese instinto de comunidad, ese sentimiento inefable, arcaico y devocional relacionado con el grupo donde todas las voces son la misma. Dónde por unos segundos, hemos dejado las caretas y etiquetas impuestas por la sociedad y aparece algo más, con hondura, algo que nos une a todos y nos iguala, algo que nos recuerda el misterio de ser un ser humano. Ese es el territorio donde surge la magia, donde lo creativo se muestra y abre a su ritmo, tiempo y manera y cada cual se descubre en roles, en colores que ni imaginaba que tenía. Y aparece un gozo limpio y cristalino. Y en esos momentos puedo ver como en especial en los lugares de sombra y desesperación, en el mejor de los casos también se cuela y se filtra una luz que a todos por igual nos indica el camino. Son como susurros y destellos de esa vida buena que habita en cada uno de nosotros y que muchas veces todos por igual perdemos de vista, como si ese fuego ardiera con más claridad y estuviera más a la luz recordándonos esa esperanza que habita en los más hondo de nuestra alma y que no depende tanto de las circunstancias o varapalos del momento. Ese candil en mitad de la noche que alimenta el sendero que esta por cruzar. En ese vivir que compartimos todos, existen cárceles de todos los tipos, tamaños y colores. Ahí en ese lugar de fraternidad y compasión pueden darse cambios y caminos que nos recuerden lo esencial en el día a día. Ahí, en esa mirada del otro pueden sostenerse a veces y descansar de las cruces pesadas y tal vez con fé, caminar con alegría hacia esas arenas y desiertos que les habitan a cada uno y que son más incómodos y dolorosos. Fé, esperanza y amor. Y el eterno trabajo para todos de arrojar luz allá donde haya sombra. Siempre.

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